“Ahora la lucha es del pueblo y las élites”

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El escritor ruso Eduard Limónov, cuya fama creció gracias a la obra que le dedicó Emmanuel Carrère, relata en ‘El libro de las aguas’ sus andanzas amorosas, literarias y militares

“Hagan todo lo posible para cultivar todo aquello que los distinga de los demás”. Eso dice Eduard Limónov en El libro de las aguas. Él ha hecho y ha sido casi todo. Ayer se disponía a bañarse en las aguas del Mediterráneo. No parece nada excepcional para este poeta, novelista, político, periodista, guerrillero, atracador, preso, chapero, mujeriego, fascista, estalinista, punki, dandi, indigente… Pero así cumple, a los 76 años, su vieja promesa de 1972 de tomar el baño allá donde ha podido y le ha llevado su increíble periplo vital.

Tan increíble que cuando Emmanuel Carrère publicó hace seis años su célebre novela Limónov, que propulsó la popularidad del escritor ruso, muchos lectores pensaron que se trataba de un personaje de ficción. Pero ahí está, sentado frente al mar, flaco, fibroso, tranquilo, risueño pero categórico en sus juicios, sin pudor, con una perilla canosa a lo Lenin, reposando el arroz con mero que acaba de probar recién llegado de Moscú, mientras apura una copa de vino blanco.

“Cada cosa tiene su tiempo, eso es todo. Hay uno para las tetas y los muslos de Maggie, reina de la cocaína, y otro para el fusil de asalto kaláshnikov”, apunta en un capítulo del libro editado por Fulgencio Pimentel (y traducido por Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea). Lo escribió durante su estancia de más de dos años en prisión, entre 2000 y 2003, acusado de tráfico de armas. Limónov se distancia de lo que decía entonces. “Me he hecho más viejo ahora y resulta que la vejez me ofrece otros temas para reflexionar. Siempre me ha gustado meditar tanto como a otra gente le gusta comer carne”, explica.

El libro son fragmentos de su vida a partir de los recuerdos vinculados con el agua: mares, océanos, ríos, saunas, lluvias… Las playas del Pacífico, del Atlántico, de la mediterránea Ostia, donde asesinaron a Pasolini; el Volga, el Danubio, el Pacífico o el Panj, afluente del Amu Daria que hace de frontera entre Afganistán y Tayikistán, desfilan por las páginas de un libro con momentos de lirismo, patetismo y militarismo en el que el protagonista es el autor, un personaje que parece transitar entre el rey y el mendigo.

No en vano, mucho antes de que se pusiera de moda la autoficción en los cenáculos literarios, Limónov ya hacía de su capa un sayo y escribía con un yo más grande que su amado kaláshnikov: “Julio César y Montesquieu ya eran autores de autoficción. No es un invento moderno. Yo me di cuenta de que las autobiografías son interesantes para el lector”.

“Muchos opinan que como literato soy muy bueno. Yo también lo creo. Cuando nací lo único que me ofreció mi país fue la literatura. A lo mejor, en otro tiempo, me hubiera convertido en una estrella del rock, no en uno cualquiera, porque siempre he sido muy competitivo”, afirma sin inmutarse.

En castellano se han publicado cuatro novelas. Soy yo, Édichka (Marbot Ediciones) es la más célebre. La escribió en Nueva York en 1976, fue publicada en París en 1979 y cuando salió en Rusia en 1991 vendió más de un millón de ejemplares. Es un referente sobre todo para los escritores jóvenes rusos. “Sí, eso dicen. Yo no lo sé. Creo que ellos quieren un poco de mi gloria, pero yo no lo hago por dinero y ellos sí. Intentan imitarme pero no lo logran”.

Vestido con pantalón vaquero y suéter negro, accede a quitarse este para hacerse fotos con su camiseta blanca, que lleva impreso el rostro del demógrafo Malthus. Pero evita mostrar su tatuaje del hombro que representa una granada de mano, porque está muy delgado y ya no tiene los brazos musculados como antaño.

Limónov se unió a las fuerzas serbobosnias en la Guerra de los Balcanes, a criminales como el líder Radovan Karadzic. “Ahora están todos en La Haya [en el Tribunal Internacional de Justicia], muertos o en prisión”, apunta sin abundar más en el tema.

Sí se extiende un poco más cuando se le pregunta por cómo se puede ser fascista y comunista al tiempo, y por la ideología del Partido Nacional Bolchevique, que fundó en 1993: “Europa es muy demodé, muy conservadora. Seguís creyendo en los dogmas de la Revolución Francesa. Hay muchos ejemplos de partidos de derechas e izquierdas que se mezclan y nosotros fuimos los primeros. En mayo, conocí a los chalecos amarillos [de Francia] y me fui muy contento. Se acabó la lucha de la derecha contra la izquierda. Ahora la lucha es entre el pueblo y las élites”.

Férreo adversario hace unos años de Vladímir Putin, el escritor ruso parece haber modulado su juicio, tras la intervención en Ucrania, donde creció, y la anexión de Crimea: “Putin era un playboy como su amigo Berlusconi, pero después se hizo más sabio con la edad y entendió el peso grave del Estado ruso. Es nuestra tierra histórica”.

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