Cómo llegar desde ‘Rolling Stone’ hasta ‘Los Soprano’

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Robin Green fue una reportera dura que se reinventó como guionista de televisión

El boom de la temática femenina también sirve para esto: para rescatar la trayectoria de figuras generalmente eclipsadas por sus colegas varones. Por ejemplo, Robin Green. No suele ser mencionada en los resúmenes sobre la edad de oro de Rolling Stone, aunque firmó algunos de los artículos más llamativos publicados allí a principios de los años 70. Su especialidad era el retrato impávido, realizado aparentemente sin insertar su opinión. Por ejemplo, un reportaje sobre Dennis Hopper en Nuevo México, que mostraba al actor/cineasta como un monstruo consentido, un egocéntrico indiferente (“no necesito leer”) al hecho de habitar la antigua casa de D. H. Lawrence. O el perfil del cantante juvenil David Cassidy, cuya carrera descarriló al destapar su desencanto en la revista; el impacto, cierto, fue magnificado por las fotos de Annie Leibovitz, donde se veía su vello púbico.

Robin acaba de publicar The only girl (Little, Brown and Company), unas memorias gloriosamente impúdicas, y no lo digo por contener fotos de la protagonista desnuda. Incluso en la literatura testimonial de la contracultura, escasean las confesiones –femeninas o masculinas- que hablen con tanto detalle de la actividad sexual en décadas particularmente promiscuas. Y sin la obligada coda del arrepentimiento: todavía recomienda el cannabis como inductor del orgasmo. El título, por cierto, hace referencia a un dato histórico: Robin fue la primera mujer que apareció en la zona noble de la mancheta de Rolling Stone, en la rúbrica de “contributing editors”. Puede que no suene demasiado prestigioso si lo traducimos como “colaboradores habituales” y, de hecho, no suponía un sueldo fijo, pero allí estaba en compañía de Jon Landau, Ben Fong-Torres, Jerry Hopkins, Greil Marcus, Joe Eszterhas etc.

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Robin no duró mucho en aquel tabernáculo de la cultura rock y el nuevo periodismo. Fue expulsada por incumplir un encargo: la crónica de cómo vivían los hijos de Robert F. Kennedy. No pudo explicar el motivo: sintió pena por aquellos huérfanos y, digámoslo técnicamente, terminó copulando con Bobby Junior. Su incumplimiento despertó la ira del fundador de la revista, Jann Wenner, que ya entonces ansiaba introducirse en el entorno de la alta política estadounidense. Para complicar más el asunto, aquí revela que también se acostó con el propio Wenner, en uno de aquellos acoplamientos que no dejan huellas, tan propios de los tiempos anteriores al sida.

Incluso si se hubiera quedado ahí, reducida a tareas de freelancer periodística, The only girl hubiera funcionado como panorámica generacional: hay suicidios, muertes prematuras, reciclajes ideológicos y, sí, ascensiones al estatus de millonarios (de pasada, ella habla de “mi agente de bolsa”). Tras aplicar su técnica de soy-una-cámara-de-video a la crítica gastronómica en Los Ángeles, recibe una oferta para escribir guiones de ficción televisiva.

Y resulta ser buena en ese trabajo. Tanto por su inventiva como por su capacidad para legitimarse (un lejano encuentro con el hijo de un mafioso sirve para convertirla en experta en el tema). También demuestra habilidad para desenvolverse en el enrarecido mundo de la televisión, donde los misteriosos cargos —executive coproducer y similares— se traducen en dinero y poder. Acumula Globos de Oro y premios Emmy por Doctor en Alaska y Los Soprano. The only girl está desarrollado como una narración audiovisual, con frecuente uso del flashback y el flash forward: gran parte del suspense reside en si llegaremos a tener una explicación del deterioro de su relación con David Chase, el venerable creador de la familia Soprano, que termina despidiéndola. Espero no hacer spoiler si añado que, en un momento, ella piensa en seducir a su jefe.

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