Ha sido usted grande, señor Redford

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Este tipo no solo era guapo, también posee algo muy poderoso como actor y la seguridad de que todos nos vamos a fijar en él aunque aparezca en segundo plano

Asegura Robert Redford que The Old Man & The Gun será su última interpretación para el cine, ese espectáculo, entretenimiento, arte, que le convirtió con causa en una de sus mayores estrellas, cuya magnética y sensual personalidad pobló los sueños húmedos de varias generaciones de mujeres (me lo han contado, no es una suposición), e imagino que de bastantes hombres. Este tipo no solo era guapo, también posee algo muy poderoso como actor y la seguridad de que todos nos vamos a fijar en él aunque aparezca en segundo plano. Pudo encarnar con naturalidad a héroes románticos, al chico más guay del barrio, pero también podía ser duro, atormentado sin aspavientos, secreto. Y funcionaba modélicamente en cualquier género: comedia, wéstern, intriga, melodrama. George Roy Hill (o la sabiduría de los productores) consiguió la jugada perfecta al juntar a Redford y al admirable Paul Newman (ningún actor envejeció mejor que él; si de joven era la bomba, con todos los tics del Actors Studio, al hacerse mayor sus sobrias interpretaciones eran maravillosas) en dos películas que mantendrán eternamente su poderoso encanto. ¿Hace falta citarlas? Porque todo dios las recuerda con una sonrisa. Son El golpe y Dos hombres y un destino. Descubrí a Redford interpretando a un perdedor acorralado y protegido en vano por el dios Brando en La jauría humana. También haciendo formidable pareja con Jane Fonda (¡qué actriz! y también Eros puro) en la simoniana y bonita comedia Descalzos por el parque.

Pero el esplendor del actor Redford, independientemente del imán que despertaba en el público cualquiera de sus apariciones, alcanzó un nivel muy alto en su asociación con el director Sydney Pollack, uno de los auténticamente grandes del cine norteamericano (y que no me pongan estadounidense) durante muchos años. Existe una química especial entre ellos: Pollack extrae lo mejor de Redford en películas memorables, que puedes revisitar veinte veces sin temor al desencanto, como Las aventuras de Jeremiah Johnson, Tal como éramos, Los tres días del cóndor, El jinete eléctrico, Memorias de África y Habana.

Redford, alguien que debió de poseer todo desde su temprano y fulgurante estrellato, no se limitó a acomodarse en ese comprensible egotrip. Quería contar en imágenes historias propias o ajenas, producir a aquella gente sin medios en la que intuía talento, otorgar señas de identidad con su prestigio y su dinero al cine independiente a través del festival de Sundance. Su carrera como director es discutible y su mecenazgo en Sundance ha descubierto a gente que merece la pena, pero también a mogollón de impostores, de modernos sin nada interesante que contar, con careta inmediatamente vulnerable.

En su despedida lo primero que agradezco es la sensación o la certeza de que Redford, transformado en los últimos años por operaciones de cirugía estética que le quitaron su expresividad, que le convirtieron en una lamentable momia, ha recobrado un aspecto normal. Imagino que se ha operado para que le despojaran de esos desastres estéticos, intentando algo tan patético como mantener la antigua belleza, odiar tus arrugas, disimularlas a costa de perder tu capacidad de comunicación.

Y veo su última película asociada a ese concepto tan triste y tan lógico del testamento. Es leve, simpática, agridulce y en muchos momentos pienso que exagerada, cosas del cine, la historia de ese perpetuo e incruento asaltante de bancos. Funciona muy bien el amor invernal entre Redford y la formidable Sissy Spacek. Pero al final me entero de que todo que cuentan está ceñido a la realidad, que este anciano elegante se dedicó a asaltar bancos desde su adolescencia, que nunca se quejó de pasar la mitad de su existencia entrando y saliendo de la cárcel y que ni siquiera en su vejez renunció a delinquir. Un profesional que ha tenido siempre lo que hay que tener, que no puede ni quiere hacer otra cosa. Y pienso en el gánsgter y el policía de esa obra maestra titulada Heat.

Que disfrute en paz de su vejez, señor Redford. Nos ha regalado, cobrando un legítimo precio de oro, una presencia, una complejidad y un atractivo que resistirá al temible paso del tiempo. Pienso en actores jóvenes intentando encontrar mi arrobo. No recuerdo a ninguno. Los habrá. Pero la mejor historia del cine (hablo solo de actores, otro día lo haré de actrices, que no se mosquee lo previsible) les pertenece a señores como Grant, Stewart, Laughton, Wayne, Brando, Newman. Y cómo no, Robert Redford.

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