Ian Bostridge emprende con Schubert el ‘Viaje de invierno’

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El tenor publica un fascinante ensayo por la obra maestra para voz y piano del compositor austriaco

Ian Bostridge cree que a Franz Schubert le entró una especie de fiebre profética cuando anduvo componiendo su famoso Winterreise: “Le invadió un tono bíblico, mesiánico”. De hecho, en el libro que el tenor ha escrito sobre el ciclo de 24 canciones –Viaje de invierno de Schubert. Anatomía de una obsesión (Acantilado)- lo relata así en la introducción. Cuenta como sus amigos lo notaban especialmente huraño y distante en un momento determinado del final de su vida. Cuando Joseph von Spaun, uno de sus íntimos, le preguntó si le ocurría algo, el músico respondió: “Pronto lo oiréis y lo comprenderéis…”. Así, en ese tono, como cuando Cristo aleccionaba a sus discípulos…

Lo oyeron, de hecho. Pero comprendieron poco. Acudieron a su convocatoria bastante intrigados: “Hoy, en casa de Shober voy a cantaros un ciclo de canciones espeluznantes…”. De esa manera quiso definir la música que había creado para los poemas de Wilhelm Müller. Lo hizo con una voz sobrecargada de emoción que acentuaba el tono tenebroso con que habían sido concebidas. Se asustaron. Entonces no llegaron a atisbar lo que degustaron en primicia. Sólo después de su muerte, entonces ya cercana, con 31 años, la mayoría cayó en la cuenta de que se trataba de una obra escrita para marcar época.

Con ese ánimo ha escrito Ian Bostridge este delicado, sutil y fascinante homenaje a una creación que le obsesiona desde adolescente. El intérprete británico (Wandsworth, 1964) ha recalado esta semana en Madrid para cantar en el ciclo de lied del Teatro de la Zarzuela, donde actuó el miércoles pasado. Llegaba con los ejemplares de su Viaje de invierno recién aparecido en su traducción al castellano por parte de Luis Gago.

Bostridge parte de la idea de que el lied como género musical, voz acompañada de piano, no resulta algo mayoritario. Pero que no por esa razón, una obra como Winterreise deja de merecer enmarcarse entre las obras maestras mayúsculas de la creación humana. “En la misma medida que Dante o Shakespeare, que Van Gogh o Picasso”, cree.

Le fascina la clarividencia del autor austriaco al comprender, en pleno proceso creativo, que se encontraba ante algo grande. “Empezando por su extensión. Mucho más larga de lo habitual, pero también por la forma: no se habría metido en ello de no saber que podía lograr algo especial y novedoso”. Un símbolo del más genuino romanticismo. Una obra que resulta precursora en su atinado pálpito de los estados de ánimo para otras grandes hazañas de la creación universal, como Tristán e Isolda: “En una pieza como Erstarrung (Entumecimiento), se adelanta a esa idea del amor sin consumar que muestra la ópera wagneriana”.

De su eros, en definitiva. Ese coito interrumpido sin solución que expresa como pocas cosas la ansiedad jamás satisfecha de la modernidad. “Quería acercar la obra a la gente para que encontraran un significado de nuestro tiempo”, afirma Bostridge. Y lo ha hecho ofreciendo todo tipo de posibilidades y puertas abiertas ante el inquietante misterio, pero ahorrándose en gran medida juicios y conclusiones.

El autor no sólo mantiene los interrogantes de este desgarrado y profético Viaje de invierno: los multiplica. “La clave es precisamente eso, el misterio”. A lo largo de casi 400 páginas navega por la música y la poesía aportando bagaje, también esas sensaciones propias que le sorprenden al interpretarlo en escena. Conecta erudición con divulgación de manera natural y auténtica. Elude tecnicismos, pese a contar con una sólida formación como historiador: “En eso sigo el consejo que su editora dio a Stephen Hawking cuando escribió su Breve historia del tiempo. Le dijo que cada vez que mostraba una fórmula perdía 100.000 lectores. Yo huyo de ellas”.

A su carrera de cantante, Bostridge une la de escritor. Navega por ese género del ensayo aderezado con memoria y experiencia personal. Tan útil para acercarse a la música con palabras, pero consciente de que resulta imposible traducir literalmente el pentagrama al alfabeto. Bostridge ya publicó en 2011 una especie de cuaderno personal (A Singer’s Notebook) que fue alternado con artículos en medios británicos como The Guardian o The Times Literary Supplement. “Cuando acabé el libro anterior consulté a mi mujer –la autora Lucasta Miller- qué debía hacer después y ella me propuso que intentara esto. La estructura la tenía clara. Debía seguir el orden de las canciones. Cómo contarlo, ya no tanto. Pero salió”.

Así desmenuzó sobre el papel esta obsesión que le acompaña desde hace 30 años. Justo cuando lo escuchó por primera vez y comenzó a seguir su rastro en voces de referencia, como la del legendario Dietrich Fisher-Dieskau. Entre los trazos encontramos una atinada, sugerente y abierta biografía de Schubert. Desnudado de tópicos, aliviado de lugares comunes, pero enriquecido en sus contradicciones, ambigüedades e interrogantes.

Junto a la leyenda de ese pobre solterón, enfermo y taciturno, Bostridge presenta la objetividad de quien ha disfrutado del éxito y la buena acogida de sus obras en vida: “Proyectamos muchas cosas sobre él sin que sepamos realmente quién ha sido. Nos fabricamos una imagen propia a base de fragmentos y anécdotas. Entre la melancolía y la furia y muchas veces no es así”.

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