Imaginar la violencia real sobre un escenario

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“El teatro goza de más poder que el cine o la literatura para plantarle cara al horror y crear espacios de diálogo”, asegura María San Miguel, creadora de la trilogía sobre ETA

Cruel realidad y sobrecogedora verdad. Desde un claustrofóbico cubículo, la sincera confesión de un terrorista torturado, desnudo y con las manos esposadas a la espalda, arroja desde el escenario un grito sobre la violencia, venga de donde venga. Jose K, torturado, dirigido por Carles Alfaro, es un montaje que forma parte de un programa del Teatro de la Abadia, en Madrid, en el que se invita a una gran reflexión colectiva sobre la ética de la violencia, sus consecuencias y sus implicaciones en la sociedad, y que cierra la trilogía de la compañía Proyecto 43-2, en la que, partiendo de investigaciones y testimonios veraces, ahonda en el terrorismo de ETA y los pasos para la pacificación en el País Vasco.

“El teatro goza de un poder mayor que el cine o la literatura para plantarle cara al horror de la violencia, porque desde el escenario se genera una corriente de afectos y de empatía, en el que todos, actores y espectadores, comparten un mismo espacio y un mismo presente. Esa verdad y realidad inmediata hace que la experiencia sea profundamente transformadora.”, asegura Maria San Miguel, actriz y directora de estas tres obras –Proyecto 43-2, La mirada del otro y Viaje al fin de la noche-, que, por primera vez, se exhiben de manera continua en un mismo espacio teatral. “Escuchar la voz de un terrorista no implica aceptar ni legitimar”, reflexiona Carles Alfaro sobre Jose K, torturado, que, protagonizado por Iván Hermes, se representa en La Abadía hasta el próximo 10 de marzo. Dos días más tarde, comenzará la exhibición de la trilogía sobre ETA.

Tanto Carles Alfaro (Valencia, 1960) como María San Miguel (Valladolid, 33 años) abren de alguna manera una puerta tantas veces cerrada tercamente a la realidad. Alfaro, que ya estrenó Jose K, torturado hace años con Pedro Casablanc, vuelve a esta obra por la fascinación que le sigue provocando el texto del periodista y ex etarra Javier Ortiz (1948-2009). Un terrorista, en un país indeterminado que no actúa a las órdenes de ninguna ideología o grupo, es detenido tras poner una bomba en una plaza llena de gente. La policía tiene apenas media hora para tratar de sacar la información sobre el lugar del explosivo antes de que estalle. ¿Es lícita la tortura para evitar una masacre? “En Jose K, torturado asistimos a la confesión de un monstruo inteligente. Plantea reflexiones incómodas sobre la violencia o el terrorismo, incluyendo el terrorismo de Estado. Todos sabemos que las torturas existen pero no hacemos nada para luchar contra ello. La obra plantea claramente el dilema moral y el miedo del ciudadano ante la posible justificación de la tortura en un momento excepcional como ese”, dice Alfaro, quien con esta obra escucha por primera vez la voz y las razones de un terrorista. “Siempre se nos ha negado esta voz. Yo quiero saber qué hay detrás de esa persona que toma esa decisión. Nos da pánico porque parece que legitimemos al escuchar y el escuchar no implica aceptar”, añade.

Para Alfaro, el teatro es un lugar privilegiado para la reflexión sobre la violencia, pero hay que tener un extremo cuidado y respeto porque “un escenario lo amplifica todo”. Es la poética, para María San Miguel, la clave para que el dolor encuentre el equilibrio con la belleza en el escenario. “La violencia hay que contarla, nos tenemos que atrever a mostrar las cosas cotidianas como el dolor pero sin olvidar el cuidado estético y la belleza, que son las herramientas para conectar con el espectador”, asegura esta dramaturga, que lleva diez años ahondando en el calvario de las víctimas de ETA y los GAL, con entrevistas y testimonios veraces. La primera de las obras, Proyecto 43-2 (que da nombre también a la compañía) narra la ruptura de las relaciones sociales y familiares en el País Vasco; La mirada del otro pone en escena los encuentros reales entre ex miembros de ETA y sus víctimas. La última, Viaje al fin de la noche, narra el encuentro entre la hija de víctima del GAL y el hijo de un asesinado por ETA.

Si María San Miguel se declara plenamente consciente de la provocación “positiva” que se ejerce desde la escena con estos montajes, “en un país en el que, ahora más que nunca, parece no interesar el diálogo y sí la búsqueda de votos con el enfrentamiento y el extremismo”, Carles Alfaro proclama: “No hay actividad más proclive a la tolerancia que el ejercicio de ponerse en el lugar del otro sobre un escenario”.

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