La Constitución, según Concha, Mariano… ¡y Forges!

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La editorial Espasa reedita el volumen, una de sus obras mayores, con el que el humorista repasó hace 40 años la norma democrática

La Constitución era entonces esa matrona amable que amamantaba una España con democracia de chupete. Aunque la criatura ha crecido bien y su progenitora quizás necesita retoques, Concha y Mariano siguen agudos con sus puyas entre las sábanas de su aburrimiento plagado de cicuta, a los blasillos no se les ha volado la curiosidad, los náufragos y los mendigos continúan enviando mensajes en infinidad de botellas que nadie recoge y han cambiado la pela por los céntimos de euro, mientras los mandamases ventajistas con gomina esquilman paciencias y voluntades a saco.

¿Cómo hubiera parido Forges un libro sobre la España de hoy? ¿Cómo habría echado la vista atrás y plasmado el recorrido? Lejos de sesudos articulados ladrillo, como siempre, con esa sana e iconoclasta capacidad de traducir la enjundia a pie de calle. Se lo preguntaban ayer en el Ateneo de Madrid los encargados de presentar esta reedición de La Constitución (Espasa). Su hijo Toño le ofreció a Pepa Hernández, la periodista de Radio Nacional, buenas razones de por qué los elegidos en la mesa estaban allí. José Álvarez Junco porque era el historiador de cabecera de su padre, Nieves Concostrina porque se hicieron amigos desde que ella recogía sus viñetas en los faxes de Diario 16, Juan Luis Cano porque cantaban a dúo, Tomás Gallego porque le ayudó a crear el Instituto Quevedo del Humor y Ana Santos porque es la depositaría del legado que quiso dejar a la Biblioteca Nacional.

Junco abrió el debate: “Quienes busquen una aproximación didáctica o pedagógica apenas la encontrarán”, afirmó. “Es un repaso a la España de entonces y a la anterior”. Un país que aprendía el manual de sus libertades tan rápido que las ponía en práctica al cruzar el portal. Este volumen es una de las obras mayores de Forges, un creador del que no se recuerdan baches ni flojeras en su inspiración. Tozudo y reivindicativo hasta el día de su muerte, hace 10 meses, el 22 de febrero: “Se empeñó en unir a los humoristas para darles un corte académico, así fue como creamos el Instituto Quevedo del Humor en la Universidad de Alcalá. Sumó voluntades y logró respeto a la profesión. Creía firmemente en su oficio como elemento fundamental para crear conciencias. De eso sale este libro”, afirma Gallego.

En dicho instituto, Forges metió a Concostrina, periodista, según ella; humorista, a juicio de él. “Me llamó un día que estaba comprando unos melocotones y un cuarto de jamón de york y me dijo que me iba a meter ahí. Yo no soy humorista, le contesté. ¡Porque tú lo digas!, me soltó. Y colgó”. No sabe Concostrina hasta qué punto, en esta época, Forges hubiera reivindicado la vigencia del muslamen. “Cuando tenía 18 años me llamaba Susi Mulova, de ahí pasé con 50 a María de la Concostrificación. Yo prefería lo primero”, comenta.

A Forges le hubiera removido la hoguera presente contra los suyos y se hubiera revuelto sin duda en casos como los de Dani Mateo o Mongolia y también ante un exceso de puritanismo por la otra punta. “El límite, lo sabemos, está en el sentido común, nos estamos pasando con lo políticamente correcto”, aseguró Juan Luis Cano. Y hubiera seguido, como Junco ve en este volumen, dando las riendas a los más débiles: “Son los niños, las mujeres, los mendigos, los náufragos quienes nos van explicando e interpretando los artículos de la constitución”. Siempre con otro elemento marca de la casa, como reivindica Cano: “La ternura”.

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