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La Francia vacía que explica a los ‘chalecos amarillos’

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Un viaje a la provincia francesa donde ha estallado el hartazgo contra el presidente Emmanuel Macron

Marc Bassets

La ciudad de Nevers ofrece de lejos la estampa de la douce France, la Francia dulce e intemporal: el campanario de la catedral, las callejuelas del centro urbano con sus comercios y sus restaurantes, la campiña profunda a diez minutos.

Desde la orilla del Loira, el perfil idílico de esta ciudad de 35.000 habitantes y a 250 kilómetros al sur de París, puede inducir a la confusión. Nevers y su región son uno de los lugares donde se ha gestado la revuelta de los chalecos amarillos, los franceses hartos de pagar impuestos y los recortes en los servicios públicos.

—Mire aquella casa ahí lejos. Vive una persona mayor. Necesita hacer kilómetros para ir de compras. ¿Se da cuenta de lo que gasta en gasoil?

Michel lleva seis meses en paro y dos semanas apostado en una rotonda junto a la autopista A-77. Lleva puesto un chaleco amarillo, la prenda fluorescente que obligatoriamente llevan los coches. El chaleco es el símbolo de un movimiento que estalló hace tres semanas como una protesta de automovilistas contra el aumento de las tasas al combustible. Ahora reclaman mucho más. El pegamento entre todos ellos es el rechazo, a veces visceral, al presidente Emmanuel Macron.

Como muchos chalecos amarillos, Michel desconfía de la prensa —ser prensa extranjera facilita la tarea— y no quiere revelar su apellido. Él y otros activistas han construido una cabaña de madera en el centro de la rotonda. Controlan el paso de coches y camiones, y lo relanzan.

“Recibo 900 euros del subsidio de paro. Cuando pagas todas tus facturas ya no te queda nada”, explica. “Y tengo dos hijos, de seis y tres años”. Él tiene 31.

Antes trabajaba de jardinero. Su mujer hace tareas de limpieza. El paro se le acaba a finales de año. Entonces recibirá la ayuda social de 652 euros mensuales.

Un territorio poco poblado. Una precariedad en la que millones de franceses temen caer. Un puñado de franceses airados en un checkpoint improvisado.

El movimiento de los chalecos amarillos se extiende por todo el país. Es la Francia de las ciudades pequeñas y medianas, y la Francia rural, donde el automóvil es una herramienta de trabajo y para muchos de supervivencia y donde el cierre de una consulta médica o de la línea de tren son una condena al ostracismo.

Existe una geopolítica de los chalecos amarillos. El departamento de la Nièvre, del que Nevers es la capital, fue el 17 de noviembre —primer sábado de concentraciones— fue el de mayor densidad de chalecos amarillos respecto a la población total, según el cálculo del demógrafo Hervé Le Bras sobre la base de los datos disponibles. Le Bras superpuso el mapa de los chalecos amarillos a otros dos: el de los departamentos que pierden población, y el que refleja la lejanía de los servicios de la vida cotidiana.

Los tres mapas coinciden al dibujar un corredor que atraviesa Francia de nordeste al suroeste: departamentos con alta densidad de chalecos amarillos, caída de población y aislamiento geográfico. La franja coincide con lo que el geógrafo Roger Brunet llamó en los años ochenta la diagonal del vacío. Instaladas en plena diagonal del vacío —la Francia vacía para parafrasear retomar el título del ensayo de Sergio del Molino sobre la España despoblada— se encuentran la Nièvre y Nevers.

Se podrían añadir otros mapas. Por ejemplo, la Nièvre tiene una tasa de paro del 7,7%, inferior a la media nacional del 8,7%. Y este departamento no ha sido hasta ahora un feudo de la extrema derecha del Frente Nacional (FN) y de su sucesor, el Reagrupamiento Nacional, aunque avanza elección a elección.

“Sin duda hay personas politizadas en el movimiento, pero ni la geografía ni la frecuencia de chalecos amarillos, ni sus eslóganes corresponden a un color político”, dice Le Bras en referencia a los chalecos amarillos.

El trayecto desde la rotonda junto a la A-77, donde protestan los chalecos amarillos, hasta el centro de Nevers, es breve. Circulan coches con el chaleco amarillo ante el parabrisas. Es la señal de una solidaridad que va más allá de los activistas movilizados. Del país rural al casco antiguo se tardan 15 minutos. En medio, las carreteras interrumpidas por rotondas y los restaurantes de comida rápida, los concesionarios, los centros comerciales.

El paisaje de la Francia profunda tiene un aire a América profunda. Con una diferencia sustancial. Este es uno de los países más igualitarios, con una red social que deja a pocos en la cuneta y unas disparidades atenuadas por políticas redistributivas. Ni Francia es Estados Unidos ni la Nièvre son el Midwest. Y Nevers no es Detroit, pese a que el semanario Paris Match, para indignación de muchos locales, titule esta semana un reportaje “Nevers, ciudad muerta”.

Paris Match parte una realidad innegable: la de la bajada de la población y el cierre de comercios. Un paseo por algunas de las calles más céntricas ofrece una sucesión de escaparates abandonados o ruinosos. Un informe del Ministerio de Economía, publicado en 2016, situaba a Nevers como una de las cuatro ciudades medianas francesas con más comercios vacíos, alrededor del 22% del total. La migración a partir de los setenta a los barrios residenciales de las afueras, acompañado de la construcción de macrocentros comerciales, contribuyeron al declive.

“De ninguna manera Nevers es una ciudad muerta”, replica Jean-Luc Dechauffour, librero, presidente de la asociación de comerciantes e incansable defensor de las tiendas de proximidad ante los hipermercados de la periferia. Dechauffour comparte con otros el sentimiento de injusticia por la imagen tenebrosa que, desde París, a veces se da de su ciudad. Sostiene que se ha revertido el declive. Habla en la butaca de la barbería La Fabrique mientras le cortan el cabello. Podría ser una barbería de un barrio hipster de París o Nueva York, el otro rostro de una Francia de provincias también dinámica, donde no solo cierran los comercios. Antes esta ciudad y este departamento votaban socialista; ahora a Macron. ¿Por cuánto tiempo?

La Nièvre fue el feudo de François Mitterrand. Harold Blanot creció bajo el mito Mitterrand en un pueblo cercano a Château Chinon, de donde el presidente fue alcalde entre 1959 y 1981. Blanot es hoy uno de los dirigentes del Reagrupamiento Nacional en el departamento.“Desde que empezó [el movimiento de contestación], pedí a nuestros electores que participaran, pero sin bandera”, explica. “La porosidad entre los chalecos amarillos y nosotros es muy fuerte”. Toda crisis es una oportunidad.

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