Las Ventas, ridiculizada

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Escándalo en los tendidos al negarle el palco, acertadamente, una oreja a Ginés Marín

Si Ginés Marín llegar a salir por la Puerta Grande hubiera sido una flagrante injusticia. El presidente, con toda la razón, le negó la oreja del sexto toro, de encastada nobleza, al que le hizo una labor intermitente, de escaso mando y al que mató mal. Unas bernardinas finales exaltaron los ánimos y la gente pidió el trofeo. La petición se ralentizó porque los mulilleros remolonearon -no se sabe si con intención- en exceso, y el asunto acabó en bronca gorda al palco y dos vueltas. Un gran ridículo de esta plaza, convertida en un salón de folclóricas.

Por lo demás, a Ginés Marín le tocó en primer lugar un bombón de dos orejas y le cortó solo una. Estuvo bien, elegante, con empaque y sabor, preocupado más por componer la figura que de hacer la faena medida y compacta.

Marín es un buen torero, pero no pudo o no supo estar a la altura del artistazo que tuvo delante, y eso no es buena cosa. Atesora condiciones excelentes para el toreo moderno, ese que exige ponerse bonito y acompañar la embestida del fiel oponente, pero le faltó la garra o, quizá, la inteligencia necesaria para cautivar con veinte muletazos precisos y salir por la puerta de la gloria.

Capoteó a la verónica maravillosamente, y las dibujó a placer en el recibo a ese toro; volvió a gustarse en un quite, y el inicio de muleta fue elegantísimo y variado, de modo que la plaza, dormida hasta entonces, se dispuso a gozar.

Y el toro mostró sus cualidades. ¡Ay, el toro! Justo de presentación, colorado de capa, y Poeta de nombre. Un artista con una clase excepcional, fijeza, humillación, dulzura, compás… pero tan generoso comportamiento decía muy poco de su casta brava y mucho de su apariencia corderil; es decir, que transmitía menos miedo que el carretón de entrenamiento; y algo más: permitió a Marín torear de salón, sin apreturas ni tensión. Y solo paseó una oreja. Para hacérselo pensar…

Su labor fue, sin embargo, lo más torero de la primera corrida incompleta de la feria, en la que estuvo acompañado por Castella y Lorenzo, que, sencillamente, no tuvieron su tarde.

Al torero francés se le vio cansado, desganado, indolente… Cada cual tiene derecho a estar desilusionado por algún motivo; la mala pata es que coincida con un compromiso en San Isidro. Pero su imagen fue la de un obrero agotado y con dolor de cabeza. Qué sopor y frialdad ante su soso primero y el deslucido cuarto.

Y Álvaro Lorenzo pasó por Madrid sin dejar recuerdos, lo que no es preocupante para su inmediato futuro. Lanceó a su primero con gusto a la verónica e ilusionó en el inicio de muleta por bajo en la que se comprobó la nobleza y fijeza del toro. Sin embargo, todo lo bueno acabó ahí; a continuación, una sucesión de muletazos insulsos a un animal que se aburrió con rapidez. Desapercibido quedó ante el soso quinto.

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