May se resigna a que el Parlamento le arrebate el control del Brexit

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La primera ministra admite que su plan sigue sin tener el respado de los diputados

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El mensaje le ha llegado alto y claro a Theresa May en las últimas 48 horas. Solo el anuncio de su dimisión, o al menos una indicación de cuándo piensa presentarla, podría salvar su plan del Brexit. La primera ministra ha admitido este lunes en el Parlamento que su plan sigue sin contar con los suficientes apoyos. May se resigna a permitir que el Parlamento debata otras alternativas, aunque se ha mostrado escéptica ante la idea de que los diputados puedan resolver el actual bloqueo.

La primera ministra reunió el domingo en Chequers, su residencia oficial de descanso, a los principales euroescépticos del Partido Conservador. Y este lunes ha hablado con Arlene Foster, la líder de los socios norirlandeses del DUP que sostienen su mayoría parlamentaria, y con el líder del principal partido de la oposición, el laborista Jeremy Corbyn. Todas las conversaciones le han llevado a la conclusión de que nada ha cambiado. Ni la amenaza de una prórroga eterna en la fecha de salida del Reino Unido de la UE, ni la posibilidad de que se acabe imponiendo un Brexit “suave” o incluso que se celebre un nuevo referéndum, han servido para conmover al ala dura de su partido. “No me ha quedado más remedio que concluir que, tal y como están las cosas, sigo sin tener en esta Cámara el apoyo suficiente como para someter el Acuerdo de Retirada a una tercera votación”, ha admitido ante los diputados.

 La Cámara se dispone este lunes votar a última hora del día una moción conjunta, presentada por diputados laboristas y conservadores, para poner en marcha este mismo miércoles el proceso conocido como “votaciones indicativas”, un mecanismo de descarte por el que los diputados pueden expresar su opinión sobre las distintas alternativas al plan de May. Todas las posibilidades se pondrían entonces sobre la mesa, desde la revocación del artículo 50 del Tratado de Lisboa (es decir, abandonar la idea del Brexit y volver a la casilla de salida), a impulsar una salida más suave de la UE que mantuviera al Reino Unido dentro de la unión aduanera, pasando por la celebración de un segundo referéndum.

El Gobierno ha dado instrucciones a sus diputados para que voten en contra de la propuesta, pero más por una razón estratégica y constitucional que para frenar la idea de que el Parlamento se haga con el control del proceso. Porque May ya ha admitido, como se ha encargado de recordar su ministro de la Presidencia, David Liddington, durante el debate previo a la votación, que si finalmente lleva a la Cámara su plan en algún momento de esta semana y de nuevo es rechazado, será el propio Ejecutivo el que facilite el tiempo adecuado a los diputados para que discutan las alternativas.

“Aunque debo confesar que soy bastante escéptica ante ese procedimiento, que ya hemos ensayado sin éxito en otras ocasiones en nuestra historia”, ha advertido May antes de abandonar la Cámara de los Comunes. “Es muy probable que acabe produciendo resultados contradictorios, o lo que es peor, ningún tipo de resultado. Y establecerá un desafortunado precedente que acabará con el equilibrio mantenido hasta ahora ente nuestras instituciones democráticas”.

Las preocupaciones de índole constitucional de la primera ministra no hicieron mella en los diputados de la oposición. “Ya basta de todo esto. Ha llegado la hora de que el Parlamento asuma el control del proceso del Brexit”, ha dicho Keir Starmer, el portavoz laborista en todo lo referente a la salida de la UE.

Theresa May muestra en las últimas horas una actitud de bloqueo que la incapacita para buscar una salida a todo este enredo. Su único argumento novedoso ha sido señalar que la UE ha establecido nuevas fechas para el Brexit —12 de abril si Westminster no apoya el acuerdo, 22 de mayo si le da su respaldo—, y que esa modificación debería ser suficiente para sortear la prohibición del presidente de la Cámara de que el Gobierno vuelva a presentar por tercera vez el mismo texto.

Siempre desde el anonimato, voces euroescépticas reclaman a la primera ministra que ponga fecha a su dimisión si quiere salvar su pacto. El exalcalde de Londres, Boris Johson, aún no ha ido tan lejos, pero ha conminado en términos bíblicos a May, en su columna semanal del Daily Telegraph, a que abandonara su cobardía: “Ha llegado la hora de que la primera ministar invoque el espíritu de Moisés en el Éxodo y diga al faraón de Bruselas: ‘Deja marchar a mi pueblo’”.

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