Si no le gusta, váyase (San Felipe, Yaracuy)

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El tono con el que se pelea revela un riesgoso desprecio de los valores democráticos, como si ganar las elecciones fuera quedarse con el país

Habrá mejores días. Pero por lo pronto hemos regresado al patético momento del debate en el que los escuderos defienden a su Gobierno, de las críticas y de las oposiciones y de los hechos, con las palabras “si no le gusta, váyase”: “Váyase a Cuba”, “váyase a Suiza”. También se está repitiendo ya el lugar común de los presidentes en apuros: “Es que desde el primer día no lo han dejado gobernar”. Se está insistiendo en aquella queja oficial que no viene al caso cuando las propuestas son una reforma tributaria solo para la clase trabajadora o una reforma política que de paso busca acabar con los acuerdos de paz: “Aquí solo sabemos destruir”. Pero sobre todo se está diciendo el “si no le gusta, váyase” que se repite en tantos países, pero que aquí en Colombia, vieja nación de terratenientes armados y de despojados, suele sonar espeluznante.

Si no le gusta que nombren a una virulenta crítica del proceso de paz –a todas luces inexperta– en la Agencia de Desarrollo Rural, un despacho fundamental para la implementación de los acuerdos con las FARC, entonces váyase de aquí de una buena vez: “El presidente nombra al que se le dé la puta gana”, argumentaron en Twitter los pajes de turno. Si no es capaz de reconocer que este Gobierno en solo cinco meses ha tomado las riendas de este caballo desbocado que campeaba entre la corrupción y entre la sangre, si no está de acuerdo en que se ha recobrado la seguridad en todo el mapa, y si no reconoce la buena voluntad de esta administración que quiere un pacto por la equidad, y si no le parece que la relación con el Congreso se ha vuelto transparente –jajajá–, entonces váyase a vivir a Venezuela.

Y el tono con el que pelean, pendenciero y apurado y ciego a los contextos, revela un riesgoso desprecio de los valores democráticos, pues es como si ganar las elecciones fuera quedarse con el país como con una cancha de fútbol minada.

Hoy cada quien puede ser un pequeño tirano desde su teléfono inteligente. Es común, hoy, dar con usuarios que arman sus tiranías virtuales en las redes como jugando un violento juego de rol a edades venerables: allí aniquilan a la oposición, embisten a “la prensa” como si no fuera un oficio de muchos sino una conspiración de unos pocos, aman a cualquier líder perdonavidas como a sí mismos, buscan y persiguen y dan con un enemigo que “no deja gobernar” y “solo sabe destruir” y “no se va”. Si las sentencias sectarias e inverosímiles se quedaran en las cuentas de Twitter, igual que se quedaban antes ciertas frases en las paredes de los baños, sería mucho más fácil notar los problemas de fondo que tarde o temprano –de no ser notados– tienden a recordarnos de la peor manera que tenemos en común a Colombia.

Tendría que ser al revés: quédese aquí, negándose a cualquier violencia, si no le gusta que este año termine con la noticia de que en Valledupar fueron capturados dos venezolanos armados –de San Felipe y Ojeda– en el mismo momento en que el Gobierno colombiano habla de un “presunto plan para atentar contra el presidente Duque” y el Gobierno venezolano insiste en que hay un plan para matar al dictador Maduro. Sí, es al revés: si no le gusta que a pesar de los esfuerzos sigan creciendo los cultivos de coca –porque seguirán creciendo hasta el final si los remedios siguen siendo la guerra y el prohibicionismo–, y si no le gusta que en esta Navidad haya habido una riña cada trece minutos, y no soporta que este país siga siendo el tercero más violento con los niños entre 175 países del mundo, entonces quédese y critique y denuncie, pues los países no explotan en las manos de unos pocos, sino en las caras de todos.

Vendrán mejores días. Y es lo más probable que no sucedan gracias a la Providencia.

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