Sueño en una noche de zarzuela

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Si el libreto original de la pieza estrenada en 1852 resultaba lastimoso, hay que creer en fuerzas sobrenaturales para pretender que una actualización lo resuelva todo

No es la primera vez que los mejores propósitos terminan produciendo resultados discutibles en el actual periodo del Teatro de la Zarzuela, y generalmente por lo mismo, la obsesión por actualizar, o algo parecido, algún título olvidado. Es encomiable de todo punto el intento de recuperar una zarzuela de Gaztambide, uno de los gigantes del nacimiento de la zarzuela, incluso de este teatro que lleva el nombre del género. Es sorprendente y lastimoso que este compositor sea mucho más conocido por la calle a la que da nombre que por su trascendental aportación a la historia del teatro lírico español. Y acierta Daniel Bianco, director artístico del Teatro, cuando descubre azarosamente esta partitura y se lanza a la batalla de ponerla al día.

Pero, ¡ay!, si el libreto original de la pieza estrenada en 1852 resultaba lastimoso, hay que creer en fuerzas sobrenaturales para pretender que una actualización lo resuelva todo. Ese indigesto batiburrillo por el que desfilan Orson Welles, William Shakespeare reconvertido en guionista de Hollywood, la Reina Elisabeth trasmutada en aristócrata adinerada, algún jerarca franquista de los cincuenta y un escenario romano salpimentado por unos patosos paparazzi, un camarero gordo, que dice que es Falstaff…, esto y más se entreveran con la historia de esta versión que, desde la música, dice otras cosas, aunque también salgan Shakespeare, la reina, Falstaff, etc.

El esfuerzo profesional es tan destacado y la labor de recuperar a Gaztambide es tan loable que uno está esperando que la incongruencia pase desapercibida, pero es que además es larga y la ristra de chistes pesa como plomo. Una pena porque la música de Gaztambide suena fresca y ambiciosa como acaso solo lo fue la de Barbieri, y contiene explicaciones respecto a cómo fue ese tránsito del teatro lírico español que desembocó en el nacimiento de la zarzuela moderna.

También lo es para un elenco artístico notable en el que destacan las voces del tenor Santiago Ballerini (Shakespeare), con un sonido homogéneo y bonito; la voz y el sorprendente baile de puntas de Raquel Lojendio (Tortellini / reina Isabel); la bis cómica y el canto seguro del barítono cómico Luis Cansino (Falstaff), o la chispa de Beatriz Díaz (Olivia). Seguro pero un poco apocado el coro, bien la orquesta y raro en la dirección orquestal Miguel Ángel Gómez Martínez que bracea seguro pero al que se le escapan a veces los coros cuando cantan desde atrás. La escenografía de Nicolás Boni es excelente, pero que queda sumergida en la barahúnda general, y la dirección escénica de Marco Carniti se esfuerza por hacer creíble la extrañeza de la trama.

En suma, espectáculo imprescindible para buenos aficionados líricos que necesiten de mayores pruebas de la valía compositiva de Gaztambide y de su importancia en el nacimiento del género, y de alto riesgo para los que precisen de algo de congruencia en la historia teatral, una historia que alcanza la cima de la paradoja al pedir espectadores armados culturalmente para darles luego ocurrencias de teatro de baratillo. Y es que sigue habiendo gente que piensa que eso es la zarzuela.

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