“Tenemos políticos mequetrefes”

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Tras seis años sin nuevo disco de estudio, Kiko Veneno publica ‘Sombrero roto’, un álbum que rompe con su estilo y en el que muestra su preocupación por la sociedad actual

Redactor de EL PAÍS

Esa espontaneidad, afirma, es “un valor para la creatividad” y ha sido el motor de su vida desde que debutó en 1977 con Veneno, el grupo que formó con los hermanos Rafael y Raimundo Amador, una verdadera piedra filosofal para entender el hermanamiento del pop y el flamenco —otra vez tan en boga por la irrupción espectacular de Rosalía—, pero también para apreciar todo un carácter artístico libre de prejuicios y lleno de “ocurrencias”. Ocurrencias es la palabra que le gusta usar a este hijo adoptivo de Sevilla para referirse a las ideas, a esas musas que se invocan y surgen, aunque que no siempre suceda. Después de seis años sin disco de estudio, Veneno ha reunido unas cuantas de sus ocurrencias en un nuevo álbum llamado Sombrero roto. “Trabajé a ciegas, pero me vacié durante tres años”, confiesa. “El título viene del estribillo de la canción Los delincuentes, de mi primer disco con Veneno: ‘Me quiero asegurar que mi sombrero está bien roto y los rayos pueden entrar en mi cabeza’. Así fue como empecé en la música. Me gustaría seguir teniendo un sombrero roto para no estar encorsetado en mí mismo. Estar receptivo a las ideas pero también sacarlas”.

Elaborado en el sótano de su casa, Sombrero roto supone una obra rupturista en su carrera, donde la electrónica cobra un protagonismo inusual. Empezó trabajando con el uruguayo Martín Buscaglia, con quien ya utilizó bases electrónicas durante la gira El Pimiento Indomable, pero necesitó “dar la velocidad y el tono adecuados” a las canciones. Se alió entonces con Santi Bronquio, un joven productor de electrónica que se ha dado a conocer en Sevilla con la canción Galgo y ha colaborado con la gente de Pony Bravo. “Encontré el sonido potente y con propiedad que buscaba”, cuenta Veneno, quien cita al exitoso rapero estadounidense Kendrick Lamar como una influencia: “Es un genio. Me entusiasma su música”. Composiciones como Vidas paralelas, Autorretrato o Chamariz son ejemplos de ese “sonido contemporáneo” que pueden llegar a chocar al oyente que solo entiende a Kiko Veneno como el cantautor de guitarra española. Él lo sabe: “He sentido miedo a la hora de plasmar mi libertad, pero las canciones son obras pequeñas y tienen un ambiente”.

Pasada la hora del aperitivo y sentado ya frente a una bandeja de puntas de solomillo típicas del restaurante Las Golondrinas, el músico, quien más allá del giro estilístico compone una balada a corazón abierto con cuerdas como Obvio, explica más la motivación artística detrás de Sombrero roto, rechazando que intente epatar con los sonidos de moda. “Cuando no llegas a la gente joven te sientes un poco muerto, es así. Ves que no estás dominando su lenguaje y te da miedo ser rechazado, pero este disco no lo hago para ellos. Lo hago por mí, sin presión”. De hecho, a este socio de Greenpeace le preocupa más saber qué sociedad se van a encontrar esos jóvenes. “Les respeto y les tengo en cuenta, pero en qué mundo se van a mover. Tenemos políticos mequetrefes”.

Habla deprisa, y a veces pierde el hilo de algún pensamiento, pero sus reflexiones no son ligeras. Sentencia con la misma contundencia con la que compone versos definitivos como en la canción Yo quería ser español, en la que ataca a las operadoras de telefonía o las aseguradoras y afirma que “el miedo es lo que más dinero da”. “Al poder político no le interesa la cultura porque hace pensar. Por eso, en España la gente joven no sabe quién es de verdad Lorca, Camarón, Serrat… La cultura remite ardorosamente a la gente y las personas son las que menos cuentan en el sistema actual. El Estado español ha estado en El Valle de los Caídos, la banca, la bolsa… pero no con la cultura”.

A Veneno se le conoce por no morderse la lengua. En los últimos años se ha involucrado mucho en defender los derechos de los autores y los músicos ante las luchas de poder en la SGAE, salpicadas por diversos casos de corrupción. “La SGAE es el ejemplo perfecto de la deriva cultural de este país. Los políticos españoles han trabajado para llegar a esta situación”, asegura. “En España tenemos un sistema en el que el cuerpo musical español se ha desvertebrado. No hemos tenido la oportunidad de crear un cuerpo musical grande y fuerte, liderado por nuestros maestros y sabios. Serrat o Miguel Ríos deberían ser presidentes de la SGAE y no esos ladrones sin piedad de ahora”.

A su manera, con ese extraño duende de calle sevillana, este retratista de lo cotidiano también desprende aire de sabio. Pionero del pop español, asegura que la cultura española “no se habría resentido” si no hubiese habido ningún disco más de Kiko Veneno. También confiesa que a los 40 años estuvo a punto de tirar la toalla y apostó todo a Échate un cantecito, un álbum que acabó siendo un éxito y que le consolidó como el referente que es hoy.

La gente le reconoce por la calle. Algunos le saludan, otros le llaman “maestro” y hay quien le canta las letras de sus canciones desde lejos. Ya en una terraza se lía el último de los cigarros y, relajado con un gin tonic, dice: “Ser de la cultura del pop significa que lo digno de arte es cualquier cosa, como un viaje en metro o la vida de un adolescente en una ciudad portuaria. Es también tener predilección por el cambio”.

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