Un lujo llamado Willem Dafoe

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Julian Schnabel, pintor muy cotizado, es realizador de un cine que jamás me ha conmocionado, pero su protagonista tiene sobriedad, profundidad, matices

Ámsterdam posee múltiples y heterodoxos encantos. Para algunos visitantes, sus canales. O el exotismo erotómano del Barrio Rojo. O esos coffee shops en los que se puede fumar toda la variedad de hierbas prohibidas sin que ningún policía se mosquee. O pasar embelesado tiempo en el Rijks Museum viendo la pintura de Vermeer y de Rembrandt. De otros también, pero sobre todo de estos dos. E imagino que para mucha gente su primera y más anhelada visita es el museo Van Gogh. Es imprescindible encontrar un horario en que no esté abarrotado, evitar las excursiones de turistas, poder saborearlo. Y la impresión es tan fuerte como duradera.

Sabemos mucho de la vida de este hombre tan genial como profundamente infeliz. El cine se ha ocupado de él varias veces, de su soledad desesperada (solo le quisieron su hermano Theo y a ratos Gauguin), su creatividad excepcional, su inconsolable sensación de fracaso al no conseguir vender ni uno solo de sus cuadros, sus estancias en manicomios, esos lugares a los que puede conducir el exceso de dolor, de aislamiento, de depresión, su exaltación ante los paisajes y la luz de Arlés y Auvers-Sur-Oise, su consecuente suicidio.

Recuerdo con encanto haber visto en la niñez o en la adolescencia El loco del pelo rojo, protagonizada por el electrizante Kirk Douglas y un vitalista y machote Anthony Quinn interpretando a Gauguin. Y era inquietante y muy plástico el homenaje que le hizo Kurosawa en Sueños. He olvidado, imagino que con causa justificada, el Van Gogh que dirigió Maurice Pialat. Y hace un año vi la insólita y muy hermosa Loving Vincent, con formato de cine de animación y en el que todas sus secuencias estaban pintadas por un grupo de artistas imitando la técnica y los colores que utilizaba Van Gogh.

Van Gogh, a las puertas de la eternidad lleva la firma de Julian Schnabel, pintor muy cotizado cuya obra no conozco y realizador de un cine que jamás me ha conmocionado. Ni Basquiat, ni Antes que anochezca, ni La escafandra y la mariposa. Son intensas, pretendidamente artísticas y trascendentes, intentando crear una emoción que no se me transmite.

En esta ocasión, su estilo para describir al personaje y el arte que creó, es enfático, pretencioso, fatigoso, moviendo la cámara hasta la extenuación. Es evidente que el pintor Schnabel posee minucioso conocimiento y admiración ilimitada del arte de Van Gogh, pero la explicación que da con sus imágenes me deja frío.

Sin embargo, ocurre algo paradójico en esta película. Me ocurrió lo mismo con Antes que anochezca, retrato del acorralado y exiliado escritor cubano Reynaldo Arenas, y es que dejándome frío el trabajo de Schnabel, la interpretación que hace Javier Bardem de un personaje tan complejo y desdichado me parece extraordinaria, me toca, me conmueve. Y quiero pensar que algún mérito de esto le corresponde al director. ¿O no? Me ocurrió lo mismo con Bardem en la insufrible Biutiful. Aquí, Willem Dafoe hace una creación memorable de Van Gogh. Con sobriedad, profundidad, matices, naturalidad, en un personaje excesivo que se prestaba a todos los desmadres histriónicos.

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